Microrrelatos

Obra y Vida
Soy una divorciada más que malvive tratando de sacar adelante a sus tres hijos. El mayor está en el paro, el segundo se pasa el día fumando porros y jugando a la consola, y el pequeño me culpa de no poder estar con su padre. Trabajo muchas horas detrás de una barra para tratar de sacar adelante a mi familia. Quedan tres semanas de rodaje, después vuelvo a Miami, para descansar y disfrutar de mi familia.

El golpe
Me están mirando desde la otra acera porque acabo de estrellar mi coche contra el suyo, que parecía estar bien aparcado. Escribiendo esta nota pensarán que estoy anotando mis datos para que pueda localizarme. Ahora se la pondré en el limpiaparabrisas e intentaré olvidar este traumático momento. La culpa me la llevo, porque es mía, pero permítame compartir el disgusto.

El idiota
Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice. Era un dedo arrugado, envuelto en una epidermis desgastada, cuyo tejido anterior se hacía tan fino que el espesor de la sangre, fragmentado en pequeños puntos rojos, se dividía a su vez en forma de tabique, debido a las líneas irregulares que en grupos de cinco separaban las falanginas de las falangetas. Por la parte posterior, en la superficie de los nudillos, estas líneas eran más numerosas y parecían nervaduras de hoja, pues el sabio era tan viejo que la piel del nudillo era un pellejo de consistencia inerte, y hasta tenía ciertas marcas de los mordiscos leves que el sabio le había dado en los momentos de reflexión.
En los demás dedos del sabio había ciertos vellos que el idiota apenas podía registrar con el ojo. Tal era su concentración en el índice, distinto de aquellos por ser lampiño, con los poros más grandes y de una uña más pronunciada, curva y de una pátina tenue de amarillo. Su superficie se adivinaba casi tan lisa como la de un cristal, y brillaba. El contorno de la cutícula estaba perfectamente dibujado; no había en su línea cóncava ni el más mínimo desprendimiento. El nacimiento de la próxima uña, blanco y puntiagudo, formaba con la cutícula un óvalo que el sabio miraba a veces, encontrando en él una especie de centro universal cuyo significado desconocía. Se detuvo por fin el idiota en la parte superior de la uña, que coincidía exactamente con el nivel de la yema, y cuyo borde se inclinaba hacia abajo. Allí el idiota vio, perfectamente reflejada y redonda, a la luna.

En el espacio estelar
De golpe me vi viajando por el espacio estelar, contemplando la grandeza del universo, como un astronauta más. Millones de estrellas me rodeaban, y alguna estrella fugaz pasaba relativamente cerca. No tengo mucha idea, pero a lo lejos creí distinguir Saturno, La Osa Mayor y la constelación de Orión. A medida que se me pasaban los efectos del golpe, me sentía menos astronauta.

La subasta
– ¡Me ofrezco por mil euros!
– ¡Yo lo hago por novecientos cincuenta!
– ¡Yo por menos de novecientos no me muevo!
– ¡Yo iría por seiscientos!
– Seiscientos a la una…
– ¡Yo voy por quinientos cincuenta!
– Necesito el dinero, ¡cuatrocientos euros!
– ¿Nadie va por menos? Cuatrocientos euros a la una, a las dos…
– ¡Trescientos euros! Mi mujer me mata.
– ¡Doscientos, señor! Duermo en la calle.
– Doscientos a la una, doscientos a las dos, doscientos a las tres.
– El trabajo es para el andrajoso de la primera fila, contratado por doscientos euros al mes. Se cierra la subasta.

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